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Periodismo para la gente

Obama frente al mundo

Obama frente al mundo

La responsabilidad que cayó en las espaldas de Barack Obama, Presdente electo de los Estados Unidos de Norte América, es más grande de la que él soñó. Los ojos del mundo y de los opositores de las políticas empleadas estos últimos ocho años desde la Casa Blanca, están sobre él.

Obama dijo que "el cambio ha llegado a América". Los retos internos que debe solucionar son las dos guerras que su país lleva adelante (Irak y Afganistán), la mayor crisis financiera de la historia y definir su compromiso ante el cambio climático cuyas secuelas afectan a todo el planeta. Obama debe garantizar frente al programa nuclear de Irán que la diplomacia es el camino más adecuado para evitar otra guerra.
En sus manos está la responsabilidad de recuperar el prestigio internacional que su país ha perdido en los últimos años. El apoyo o rechazo a su política internacional (Latinoamérica, para nosotros) dependerá también del tipo de medidas que asuma: migración, oportunidades comerciales y lucha contra el narcotráfico, entre otros.
Dirigimos, ahora, el telescopio hacia LA CASA BLANCA.

Tonchi

Tonchi

Hace mucho tiempo, cuando mi hermanito menor de seis meses se fue al cielo a jugar con Dios, no sabía nada del famoso día de difuntos.
Antes, esta fecha me era tan indiferente como tantas otras del calendario, a las que con cierta facilidad las identificamos con un número rojo entre los días de negro de cualquier mes del año.
Pero para esta ocasión, y por primera vez en su vida, mi madre había preparado en una pequeña mesa dos velas blancas sobre un mantel negro. Al centro, apoyado sobre la pared, estaba el retrato de Cristo Jesús, aún con la corana de espinas sobre su cabeza. Y unas cuantas masitas alrededor de las velas.
—A las doce en punto llegan las almas —me dijo.
Y yo, incrédulo como de costumbre, no sabía qué contestarle por temor a no herirla con mis tonterías.
Y a la hora señalada, un viento casi fuerte abrió la puerta de par en par. Me asusté, corrí para ver quién la había pateado, pero no pude ver a nadie.
—Ya llegó nuestro Tonchi —me dijo mi madre, casi sonriendo.
Me quedé con la boca abierta. ¡Era cierto, por Dios! Un aire de claveles se sentía dentro de la casa; el mismo que respirábamos en el Pabellón de Ángeles, donde estaba enterrado mi hermanito.
Mi madre se puso a llorar después de haber rezado ante el retrato de Cristo Jesús. Lo propio ocurrió con mi papá y mis hermanos. Aún no podíamos entender ese año (y creo que hasta ahora también) cómo es que Dios, con tanto poder a cuestas, nos arrebataba del hogar al último ser más inocente que nos alegraba la existencia.
Tuvieron que pasar años para darme cuenta de que la muerte, aun con el dolor que trae bajo el brazo, nos invita a no olvidar de que el peor dolor de este mundo es pensar que hemos muerto para siempre.
Ahora sé que las almas tienen su única oportunidad el dos de noviembre de cada año para compartir con sus seres queridos la dicha de estar vivos todavía.

Óscar Ordóñez Arteaga

¡Que vivan los estudiantes!

¡Que vivan los estudiantes!

Me encuentro sentado a una de las mesas de este café universitario. A mi alrededor, veo a todos los jóvenes ser lo que ellos son: «¡jóvenes!».

 

Ríen, bromean, toman el té de la tarde. Algunos prefieren un rico y caliente cafecito; otros, una limonada, una gaseosa, un jugo de frutas en cuyos vasos transparentes el antojo no tiene límites.

 

En cambio, hay quienes no comen ni beben nada. Prefieren sentarse a conversar o a fumar o a estudiar o a escuchar música en esos pequeños aparatos llamados I-pod o MP4.

 

Ver tanta tranquilidad me baña de juventud. Libros y cuadernos sobre la mesa, lápices y bolígrafos en desorden. Pero eso no les afecta. Es parte de ellos.

 

Al frente de donde me encuentro, dos señoritas –coquetas de belleza infinita– intercambian sobre la mesa vaya a saberse cuántas cuitas de amor travieso. Lo noto cada que sus miradas cómplices se encuentran una con la otra. Pero aparto la mirada cuando me doy cuenta de que notan mi presencia.

 

Eso y más, en este café universitario, es juventud: un arcoiris dentro de un recuadro, donde las libertades de soñar para sí y en conjunto halla su cenit con sólo mencionar una palabra: «¡Estudiantes!»

 

Posdata: ¿Y qué sucede cuando alguien extraño llega a donde ellos se encuentran y perturba esa paz, esa tranquilidad, esa autonomía en la que ellos viven?

 

¡Ajá!

México demanda justicia a 40 años de la masacre de Tlatelolco

México demanda justicia a 40 años de la masacre de Tlatelolco

No se sabe con exactitud la cantidad de personas muertas aquel día; como tampoco quién dio la orden de disparar. Esas dudas son las heridas abiertas que México desea solucionar.

 

Óscar Ordóñez Arteaga *

Los cinco mil kilómetros de distancia que separan a México de Bolivia desaparecieron el instante en que se escuché al otro lado de la línea la voz del ex dirigente estudiantil del ‘68, César Tirado.

Nada más le hice la primera pregunta, y éste lanzó un suspiro largo, buscando con la mirada en el cielo –creo yo– por qué hasta la fecha, los más de 300 muertos de aquel miércoles 2 de octubre de 1968, no tienen justicia.

—¡Ay! Honestamente ésa es una pregunta muy difícil de contestar —me dice.

 

El periódico La Jornada, de México, informó hace poco de que Amnistía Internacional exigió al gobierno del presidente Felipe Calderón que entregue a su país los documentos pendientes para que se cierre uno de los capítulos más dolorosos de su historia.

Félix Hernández Gamundi, otro ex líder estudiantil del ’68, entrevistado para esta crónica, dice que los documentos que faltan los que tiene la Secretaría de Defensa (o Ministerio de Defensa). “Estamos casi seguros de que allí se encuentran pruebas que nos ayudarán a establecer responsabilidades penales sobre este crimen de Estado”, explica.

Aquella tarde de octubre de hace 40 años, los estudiantes, seguidos de obreros, algunas amas de casa, muchos curiosos, simpatizantes, niños y vecinos se habían reunido a las cinco de la tarde en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, para definir nuevas medidas de protesta contra el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz.

Demandaban la libertad de los presos políticos; la derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal, utilizados para encarcelar a los dirigentes opositores y a los disidentes del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en funciones de Gobierno aquel entonces.

Querían que desaparezca el cuerpo policial de Granaderos y también que se destituya a los altos jefes de la Policía. Reclamaban también la indemnización de todos los muertos y heridos desde que se había iniciado el conflicto. Más de 400 personas resultaron heridas; había mil detenidos y sólo los dos primeros días de conflicto, dice el periódico mexicano Excélsior, se reportaron 48 muertes. Por tal motivo, los funcionarios culpables de estos hechos sangrientos no deberían deslindar sus responsabilidades.

 

2 de octubre no se olvida

Todo había comenzado 73 días antes, el lunes 22 de julio de ese año. Un partido de fútbol americano entre estudiantes de la Vocacional 2 del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y estudiantes de la escuela Preparatoria Particular “Isaac Ochoterena”, de la Universidad Autónoma de México (UNAM), terminó a golpes.

Esta trifulca callejera fue disuelta con mucha violencia por el cuerpo policial de Granaderos de la ciudad. Luego, invadieron instalaciones de la Vocacional 2 y golpearon a estudiantes y docentes. Las siguientes semanas se repitieron los enfrentamientos. Estalló, entonces, la indignación estudiantil.

El poeta mexicano, Francisco Azuela, que vive en Bolivia desde hace 30 años, me cuenta que la brutalidad con que la policía invadió la Preparatoria 1 de la Escuela San Ildefonso, el 29 de julio, (derribaron la puerta colonial del siglo XVIII con una bazooka) indignó a las autoridades universitarias.

El rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, izó la bandera mexicana a media asta en señal de luto por los hechos del día anterior y encabezó luego una marcha por la avenida Insurgentes hacia la plaza de la Constitución, llamada también Zócalo. El joven Azuela, entonces estudiante de derecho en la Universidad de Guanajuato, fue testigo de esa marcha. Él se encontraba en el hospital ferrocarrilero, acompañando a su padre muy enfermo que poco después habría de morir. Desde las amplias ventanas de este hospital, pegado a la Insurgentes, Azuela contempló en silencio una marcha de 180 mil estudiantes hacia el Zócalo. Su impresión fue enorme, y al reponerse logró escuchar una frase que luego habría de identificar al movimiento estudiantil: “Únete pueblo”.

Se creó el Consejo Nacional de Huelga (CNH), conformado por varios centros educativos con más de 250 dirigentes. Y su primera movilización fue la suspensión de clases.

El ambiente olía a pólvora. Y durante agosto y septiembre, la inestabilidad y el mido se instalaron entre las calles de la ciudad, cuya población, en octubre próximo, iba a ser testigo de la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos.

El Gobierno temía que el movimiento estudiantil, financiado por el Partido Comunista Mexicano y los extranjeros de izquierda, según lo denunció, boicotee las olimpiadas.

Durante las movilizaciones y marchas de protesta, los estudiantes gritaban a coro “No queremos olimpiadas, queremos revolución”.

Raúl Álvarez Garín, ex dirigente estudiantil del ’68, me dijo que “en ningún momento eso constituyó una posición formal del CHN”. Coincidió con él, días después, Hernández Gamundi. “Más nos interesaba que el Gobierno deje de reprimir a los estudiantes y libere a nuestros compañeros”, me explicó Hernández.

Los ojos del mundo estaban en México. Y la huelga estudiantil era un problema grueso para el Gobierno que decidió aquel 2 de octubre abrir fuego contra la multitud reunida en la Plaza de las Tres Culturas.

Álvarez Garín y Hernández Gamundi, que vieron caer muertos ese día a varios de sus compañeros, fueron encarcelados junto a más de 3 mil estudiantes. César Tirado, en cambio, escapó como pudo, pese a que el ejército buscó hasta por debajo de las piedras a los demás dirigrntes.

Para César Tirado son “basiladas” (tomaduras de pelo) la pronunciación de Amnistía Internacional demandando justicia al gobierno mexicano. “Se han presentado una cantidad de pruebas, y está claro para todo el país y para todos los mexicanos los responsables directos de la matanza son el presidente Gustavo Díaz Ordaz; el Secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez; el jefe del Estado Mayor Presidencial, Luis Gutiérrez Oropeza y también el Secretario de Defensa, Marcelino García Barragán”.

De todos ellos, sólo vive Echeverría, que fue presidente de México entre 1970 y 1976. Él cumple ahora un arresto domiciliario por orden del Segundo Tribunal Unitario de Primer Circuito de Procesos Penales Federales, en espera de su situación legal.

César Tirado, quien tiene ahora 62 años, cree además que los nuevos generales que ocupan hoy altos cargos en su país podrían ser los autores materiales de la matanza del 2 de octubre. “Ellos dispararon contra los estudiantes, por eso no creo que haya justicia en este país, se protegen unos a otros, cuando ven afectados sus intereses”.

Hasta la fecha no se sabe con precisión cuántas personas han muerto. Azuela me cuenta que los familiares que querían recuperar los cuerpos de sus muertos, “tenían que declarar, para que se sentara en el acto de defunción, que su familiar había muerto por otra causa”.

Al año siguiente, el presidente Díaz Ordaz asumió la responsabilidad política, social, histórica y ética de los hechos cuando emitió su informe anual al Congreso de la Unión de su país. Dejó la presidencia en 1970.

Siete años más tarde fue nombrado embajador de México en España, y cuando se le preguntó por esta matanza, golpeó la mesa a la que se había sentado y levantó la voz espetando: “de lo que estoy más orgulloso de esos seis años (de gobierno) es de 1968, porque me permitió servir y salvar al país. Les guste o no les guste, con algo más que horas de trabajo burocrático, poniéndolo todo: vida, integridad física, horas, peligro, la vida de mi familia, mi honor y el paso de mi nombre a la historia. Todo se puso en la balanza. Afortunadamente, salimos adelante; y si no ha sido por eso, usted no tendría la oportunidad, muchachito, [dirigiéndose al periodista] de estar aquí preguntando”.

Los ex dirigentes del CNH, Raúl Álvarez Garín, Félix Hernández Gamundi, César Tirado y Roberto Escudero crearon hace más de diez años el Comité del 68; una institución que busca justicia sobre esta matanza y otra que ocurrió en junio de 1971, conocida como la de Corpus Cristi así como persecución política, entre 1970 y 1976 (llamada Guerra Sucia) contra los simpatizantes de izquierda y los opositores al régimen del PRI.

La demanda por genocidio cursa en contra de Gustavo Díaz Ordaz y de Luis Echeverría Álvarez, entre otros. Hasta ahora, la justicia mexicana no se ha pronunciado sobre este caso.

 

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* Periodista boliviano. Corresponsal de Los Angeles Times en Bolivia.

Emmanuel Milán, periodista de la revista Semblanza, colaboró desde Ciudad de México en la elaboración de esta crónica.

Una década de cambios políticos

Una década de cambios políticos

En los años ’60, la información llegaba al alcance de los ciudadanos con más facilidad que otros tiempos. Las ideas y la libertad de pensamiento corrían raudos por todos los pasillos de varias partes del mundo.

Se empezó a considerar otro tipo de valores como ejemplo de vida. Esto repercutió en la forma de vestir: nació la minifalda, escándalo social para las madres de aquel tiempo. El Papa Paulo VI se pronunció en contra del control de la natalidad. Otro argumento en contra más para aquellos que deseaban la libertad frente a las imposiciones de los mayores.

La cultura, como resultado de este molestar social, fue otro refugio de expresión juvenil. La chispa la encendió, en los años ’50, el cantante blanco Elvis Presley al interpretar sobre el escenario “música de negros”. Años después, Los Beatles despertaron en los jóvenes la rebeldía congénita de esos tiempos. América Latina no era ajena a ese escenario.

El mundo vivía en esa época una tensión política entre las dos potencias mundiales: la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URRS) y los Estados Unidos. Ambas se disputaban el liderazgo internacional en todos los terrenos. En el caso político, primaba el autoritarismo.

Sumemos a eso los diferentes enfrentamientos políticos de estudiantes junto a obreros contra las respectivas policías de diferentes países europeos: Francia, Italia, Portugal y la antigua Yugoslavia. Estas influencias salpicaron en la juventud de Estados Unidos.

La intervención militar de este país en la guerra de Vietnam desató innumerables críticas por parte de estudiantes, políticos, artistas y sociedad; y era plato fuerte sobre la mesa de debates en la campaña de las elecciones presidenciales de ese año, en que mataron al candidato demócrata Robert Kennedy.

Meses antes habían asesinado al reverendo Martin Luther King, defensor de la igualdad de los derechos entre las personas de su país. La indignación social hizo crecer los deseos de paz en el mundo.

El politólogo boliviano Carlos Cordero nos explica que “la mentalidad en los jóvenes de aquella época  cambió como producto de los horrores de la Segunda Guerra Mundial”.

América Latina sintió esos efectos, y sus poblaciones estudiantiles y obreras reaccionaron con la protesta airada en demanda de sus respectivas mejoras. La respuesta por parte de los gobiernos fue siempre la represión.

En Chile, Ecuador, Perú, Colombia, Brasil, Argentina, Uruguay y Bolivia estallaron en 1968 varias manifestaciones estudiantiles. Cada una con sus propias características.

El Gobierno mexicano, al excluir las demandas estudiantiles de 1968 cumplió al pie de la letra las presiones políticas de Estados Unidos. Ése el escenario que rodeó a la matanza de Tlatelolco el 2 de octubre de hace 40 años.

Los jóvenes de hoy frente a la matanza de Tlatelolco

Los jóvenes de hoy frente a la matanza de Tlatelolco

Algunos jóvenes estudiantes universitarios de Ciudad de México, (que oscilan los 19 y 23 años) consultados para esta crónica por el periodista Emmanuel Milán condenaron –a su manera– la actitud del Gobierno de Díaz Ordaz, en 1968.

Por: Emmanuel Milán

Laura Sánchez, de 22 años, estudiante de Derecho de la UNAM, opina que “en aquel entonces, una congregación de estudiantes, a los ojos del gobierno era un problema seguro, un aquelarre de la Edad Media. Esto hizo que hubiera tropas apostadas en las cercanías de la Plaza de Tlatelolco. Esos jóvenes tendrían nuestra edad más o menos; una edad en la que estás lleno de sueños y metas, en la que sientes que puedes cambiar el mundo. Y fíjate nada más: los mataron…”

Sin embargo, Johnatan Gutiérrez, de 19 años, estudiante de la Escuela Nacional de Estudios Profesionales de la UNAM, dice que a muchos de sus compañeros la matanza del 2 de octubre no les afecta en absoluto. “No es por ignorancia”, se apresura en aclarar. “Lo de Tlatelolco es algo que todos lo sabemos, aunque no a fondo. Se han escrito libros y todo acerca de esto, pero no es una cosa que nos importe. Yo creo que sólo a los filósofos y pensadores, a los que andan más clavados en la onda del Che y eso”.

A lo largo de este año, la UNAM y el Comité del 68, junto a otras instituciones, organizaron varios encuentros con jóvenes estudiantes para promover el debate sobre esta matanza.

“La distancia de cuatro décadas impone una reflexión sobre la comprensión del verano del 68, en particular por parte de dos generaciones que han crecido y se han desarrollado sin una referencia directa de lo ocurrido entonces”, dice el editorial del diario Excélsior del 6 de septiembre de este año. Y por último, sentencia: “los jóvenes de hoy, como siempre, tienen la palabra final”.

En la foto:

Militares y policías ocupan instalaciones de El Palacio Nacional, sede del Poder Ejecutivo Federal en México y ubicado en la Plaza de la Constitución, en el centro histórico de la Ciudad de México, en la Delegación Cuauhtémoc, Distrito Federal. En esta foto parece que varios estudiantes de la UNAM y del Instituto Politécnico Nacional los rechiflan.

Censura a medios mexicanos en el 68

Censura a medios mexicanos en el 68

Cuatro días después de la matanza de Tlatelolco, el 6 de octubre, cuatro estudiantes ofrecieron una rueda de prensa en la que prometieron, según reporta la agencia AP, que no habrían más protestas contra el Gobierno, mientras se desarrollen los Juegos Olímpicos.

Una foto de esos estudiantes, publicada aquí en Bolivia al día siguiente por Presencia, retrata al entonces estudiante César Tirado, dirigente del CNH. Junto a él se encuentran Marcelino Perelló, quien habla al micrófono [el pie de foto dice "César"]; Roberto Escudero, con gafas y José Nassar, al extremo derecho de la foto.

“Yo aparezco ahí, pensando, muy reflexivo, porque se le ocurre a Marcelino Perelló, que no era miembro del Consejo, decir que en Tlatelolco el ejército había disparado balas de salva. Cuando yo refuto lo que dijo Perelló ante la prensa, mis declaraciones no salieron jamás”.

Había una censura por parte del Gobierno en los medios de aquel tiempo. Y ese juicio lo corrobora el investigador mexicano Sergio Aguayo, en su libro 1968: Los archivos de la violencia: “(…) el gobierno controlaba los flujos de información, espiaba a los opositores y los zarandeaba con campañas de desprestigio”, dice el texto.

En aquel tiempo, recuerda Félix Hernández Gamundi, “en México vivíamos una situación en la cual los únicos contingentes que tenían derecho para manifestarse pública y políticamente eran las organizaciones que pertenecían al Gobierno, controladas por el PRI. Después de 1968 esa situación ha cambiado. El Movimiento estudiantil ganó los espacios públicos para toda la población, pero fundamentalmente para los movimientos disidentes”.

César Tirado no opina lo mismo: “Yo no comparto la idea de que gracias a eso (al Movimiento del ’68) hay democracia. No es cierto, este país sigue convulsionado y dividido en clases sociales muy confrontadas, aún cuando la lucha esté ahora apagada, oculta tras de un andamiaje democrático que no lo es tal”.

Los ex dirigentes del CNH: Raúl Álvarez Garín, Félix Hernández Gamundi, César Tirado y Roberto Escudero crearon hace poco más de diez años el Comité del 68; una institución que busca justicia sobre esta matanza y otra que ocurrió en junio de 1971, conocida como la de Corpus Cristi así como persecución política, entre 1970 y 1976 (llamada Guerra Sucia) en contra de los simpatizantes de izquierda y de los opositores al régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

La demanda por genocidio cursa en contra, entre otros, de Gustavo Díaz Ordaz, presidente de la República; y de Luis Echeverría Álvarez, Secretario de Gobernación; en aquel entonces.

De todos ellos, sólo vive Luis Echeverría, presidente de México entre 1970 y 1976. Él cumple ahora un arresto domiciliario por orden del Segundo Tribunal Unitario de Primer Circuito de Procesos Penales Federales.

Foto publicada el 7 de octubre de 1968 en el periódico católico Prensencia, de La Paz, Bolivia.

México recuerda a los caídos en la matanza de Tlatelolco

México recuerda a los caídos en la matanza de Tlatelolco

A 40 años de la matanza de estudiantes, los sobrevivientes reclaman justicia

México recordó este, 2 de octubre, el 40 aniversario de la matanza de estudiantes ocurrida en la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, en el Distrito Federal, cuyo resultado dejó más de 400 personas muertas.
Aquel día, miembros del Ejército mexicano abrieron fuego en contra de varios estudiantes que se habían reunido en esa plaza con el objetivo de organizar nuevas medidas de protesta contra el Gobierno del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Los estudiantes exigían al Gobierno diálogo abierto en presencia de los medios de comunicación. Demandaban la libertad de los presos políticos que habían sido arrestados desde el mes de julio de ese año.

Reclamaban la derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal, que eran utilizados por el Gobierno para encarcelar a dirigentes opositores.
Además, pedían la desaparición del cuerpo policial de Granaderos, cuya violencia aplicada contra los estudiantes indignó a toda la comunidad estudiantil. Por ello, solicitaban la destitución de los jefes policiales por considerarlos autores intelectuales de la violencia.
Otra demanda era la indemnización a los familiares de todos los muertos y heridos desde el inicio del conflicto y el procesamiento de sus responsables.
El detonante que originó la matanza de Tlatelolco fue una riña deportiva ocurrida en julio del 68, entre dos equipos de fútbol americano: uno, de la Universidad Autónoma y el otro del Instituto Politécnico Nacional.
Esa eterna rivalidad deportiva fue disuelta a golpes por parte del cuerpo de policías Granaderos de la ciudad. A esta represión siguieron otras que dejaron ese mes de julio 48 muertos. La indignación estudiantil había nacido. Comenzaron las marchas de protesta exigiendo a Díaz Ordaz que detenga la violencia.
El Gobierno acusó al Partido Comunista Mexicano y a los extranjeros de izquierda de financiar estas protestas. Pero a la vez convocó al diálogo con los estudiantes, quienes exigieron a los medios como testigos. Luego de 73 días de huelga, el Gobierno decidió disolver las marchas y aquel 2 de octubre de 1968 abrió fuego en contra de los estudiantes.
Esta masacre es aún una herida abierta en el país, y a juicio de Raúl Álvarez Garín, ex dirigente estudiantil y ahora miembro del Comité del 68, institución que busca justicia sobre ésta y otras matanzas posteriores, “México corre riesgo de vivir una nueva masacre de Tlatelolco”.
El temor de Álvarez Garín se funda en que la justicia de su país es “unilateral” y persiste una impunidad, lo que impide su esclarecimiento. Además, dice, la sociedad mexicana se acostumbró a pensar que ese carácter violento y represivo del orden ya forma parte de su cotidianidad. Félix Hernández Gamundi, otro miembro del Comité, coincide con él.
Presiones externas
La embajadora de México en Bolivia, Roberta Lajous Vargas, refuta estas versiones. “No veo factible el hecho de que se repita lo del 68. México vive ahora una lucha abierta contra el narcotráfico y contra el crimen organizado. No advierto malestar alguno por parte de los estudiantes en mi país”, asegura.
La diplomática mexicana, en diálogo con La Prensa, considera que hay que comprender muy bien el contexto internacional que rodeó a la matanza de estudiantes en Tlatelolco.
El mundo vivía en la época de la Guerra Fría, y “había presión por parte de Estados Unidos sobre el Gobierno de México de ese entonces”.
Hernández Gamundi dijo que el Comité del ‘68 volverá a exigir que la Secretaría de Defensa Nacional entregue al Archivo Nacional todos los documentos de ése y posteriores años que aún los tiene.
“Hay pruebas que esclarecerán responsabilidades penales de esta matanza, de otra similar ocurrida en 1971 y la posterior Guerra Sucia, aplicada entre 1970 y 1976 en contra de los izquierdistas y de los opositores a los gobiernos del PRI".
Durante los años 70 se reportaron más de 500 personas desaparecidas. La indignación estudiantil encendió la mayor movilización de 1968 en contra del Gobierno. En agosto y septiembre, estudiantes contra policías y miembros del Ejército provocaron un clima inestable en Ciudad de México hasta que terminó el 2 de octubre en la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco.
Una década de cambios
Años antes a 1968, México vivía una etapa de luchas estudiantiles por la democratización académica y su compromiso con causas sociales y populares.
Las insatisfacciones sociales habían comenzado en 1956. Los gobiernos de turno, todos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), respondieron con la represión, o, en el peor de los casos, matando a los dirigentes si es que no podía sobornarlos, tal como dice el escritor mexicano Sergio Aguayo en su libro 1968: Los archivos de la violencia.
El politólogo Carlos Cordero explica que en la década del 60 el mundo aún asimilaba las consecuencias dolorosas de la Segunda Guerra Mundial. Era una época en la que el socialismo había triunfado con paso de parada en Cuba. Una época en que las ambiciones políticas entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) hacían temer una tercera guerra mundial.
América Latina no fue ajena a ello. En Argentina, Colombia, Uruguay, Panamá, Ecuador, Brasil y Chile estallaron también otras manifestaciones estudiantiles y laborales con el reclamo de que se cumplan sus respectivas demandas.
Estas expresiones culturales formaron parte de las protestas enérgicas contra el autoritarismo de los gobiernos de aquel tiempo en la región, explica la periodista y columnista de La Prensa.
La matanza de tlatelolco
  • El presidente mexicano, Gustavo Díaz Ordaz, asumió la responsabilidad por este hecho.
  • La masacre estuvo precedida por meses de intranquilidad política en México.
  • El Gobierno mexicano culpó a los estudiantes de querer boicotear los Juegos Olímpicos.
  • Se supo, años después, que el Gobierno de Díaz Ordaz planeó la matanza.
  • La versión oficial del Gobierno habla de alrededor de 30 muertos en Tlatelolco.
  • Diez días después de la matanza de Tlatelolco  se inauguraron los Juegos Olímpicos.